La Leyenda ...

¡CACAO! Afrodita jardín del puma y chocolate de Moctezuma. El chocolate -parece cuento- no lo inventaron en un convento. Unos lo achacan a los aztecas, disputan otros si chuchumecas. Hay sus dos credos con sus dos papas. ¡Si fue en Tabasco! ¡Si fue en Chiapas! Cacao con lengua del Anahuac es pan de dioses, o cacahuac. Y el hombre sabio sigue la broma, cacao en la lengua griega: Theobroma.
(Ramón María del Valle Inclán)
Quetzalcóatl descendió por un rayo de la estrella de la mañana, dejando asombrados a los toltecas con su aparición. Todo el pueblo comprendió que aquel aparecido no era un simple mortal y, desde luego, le rindió adoración rompiendo sus feos y oscuros dioses de barro. Le erigió una gran casa de 5 pisos escalonados, de 10 metros de altura, cuyo techo estaba sostenido por cuatro monumentales soportes de piedra con figura humana, adornando la fachada con bajorrelieves de grandes mariposas y de tigres que iban en pro- cesión en busca del dios -al que llamaron Tlahuizcalpantecutli ("señor de la estrella de la tarde") para hacer saber que dominaba el oriente y el po- niente, y venía de la estrella que hoy llamamos Venus, que en una época aparece por la mañana y en otra por la tarde. Este templo estaba con una gran plaza, alrededor de la cual se extendió la ciudad de Tollan -hoy Tula- que fue ciudad muy populosa en los siglos XI y XII de nuestra era. Y en los días en que era ciudad rica dominaba, junto con Quetzalcóatl-Tlahuizcalpantecutli, el dios Tláloc ("el señor que está de la tierra"), el dueño de las lluvias, dador de la vida y dueño de las almas separadas de los cuerpos. Reinaba también Xochiquetzal ("flor emplu-- mada"), la diosa de la alegría y el amor, esposa de Tláloc y descubridora del pulque. Todos los dioses eran buenos, y dirigidos por Quetzalcóatl enseñaron al pueblo tolteca el saber, hasta hacerlo sabio y artista, conocedor de la marcha de los astros, lo que le permitió medir el tiempo y señalar en el calendario el cambio de las estaciones para aprovechar las lluvias y levan- tar las cosechas. Bien alimentados los toltecas, dueños del maiz, del fri- jol, de la yuca y de todos los cereales y frutos, pudieron emplear sus horas en estudiar y ser admirables arquitectos, magnificos escultores y de- licados ceramistas. Quetzalcóatl, que los amaba, les dio además el don de una planta que había robado a los dioses, sus hermanos, quienes la guardaban celosamente, porque de ella obtenían una bebida, que pensaban, sólo les estaba destinada a ellos. Quetzalcóatl sustrajo el pequeño arbusto de flores rojas, prendidas a las ramas de hojas alargadas, inclinadas hacia la tierra, a la que ofre- cía sus OSCUROS FRUTOS. Plantó en los campos de Tula el arbolito y pidió a Tláloc que lo alimentara con la lluvia, y a Xochiquetzal que lo adornara con sus flores. El arbolillo dio sus frutos y Quetzalcóatl recogió las vai- nas, hizo tostar el fruto, enseñó a molerlo a las mujeres que seguían los trabajos de los hombres, y a batirlo con agua en las jícaras, obteniendo así el CHOCOLATE, que en el principio sólo tomaban los sacerdotes y los no- bles. Fue licor sagrado y lo tomaban agrio o amargo, de donde al parecer se deriva su nombre en maya: kahau, de kab (amargo). Más tarde se le mezcló con miel, y a la llegada de los españoles le agregaron azúcar y leche, tomándolo caliente y haciéndolo la bebida de lujo de la época colonial. Los toltecas fueron ricos y sabios, artistas y constructores; gozaban del rico chocolate y eran felices, lo cual despertó la envidia de los dioses, más aún, cuando descubrieron que tomaban la bebida destinada a ellos. Juraron venganza, contra Quetzalcóatl primero y contra el pueblo tolteca después. Para eso llamaron a Tezcatlipoca -"espejo humeante"-, dios de las noches y de las tinieblas. Este dios, enemigo de Quetzalcóatl, el dios lu- minoso, bajó a la Tierra por el hilo de una araña y disfrazándose de merca- der se acercó a Quetzalcóatl para ofrecerle la bebida que Xochiquetzal había descubierto. El dios luminoso se hallaba en su palacio, inmensamente triste, pues un sueño le había hecho saber que los dioses preparaban su venganza y temía por el pueblo al que había hecho rico, sabio y feliz. El falso mercader se le acercó y le dijo: -¿Por qué estás triste, Ometecutli -Porque los dioses han decretado mi perdición y el exterminio del pueblo Tolteca, respondió Quetzalcóatl. -Yo te ofrezco con este licor el olvido de tus penas y la alegría. Tómalo y serás nuevamente feliz, y lo darás al pueblo para que sea feliz también. Quetzalcóatl, que amaba al pueblo tolteca, creyó las palabras embusteras de Tezcatlipoca y bebió el jugo que se le ofrecía, que era el octli, el jugo fermentado del metl, el MAGUEY, llamado por el pueblo tlachiuhtli - o sea, el pulque. Se embriagó, con gran regocijo del malvado Tezcatlipoca, y bailó y gritó ante el escándalo del pueblo que lo miraba hacer gestos ridículos. Después se durmió y, al despertar, con la boca amarga y en la cabeza un dolor profundo, se dio cuenta de que los dioses lo habían deshonrado y que se preparaba para la ruina del pueblo tolteca y la caída de la gloriosa Tollan. Al sentir que Quetzalcóatl que ya nunca podría ver a los que había enseñado a ser buenos y honrados sin tener verguenza, decidió marchar hacia el rumbo de la estrella vespertina, su casa. Emprendió el camino llorando, máxime cuando encontró, al día siguiente de su embriaguez, que las plantas del cacao, de verdes y frondosas, se habían transformado en secas y espinosas, en mezquites. Marchó entonces hacia el mar, hacia la llamada Nonoalco, en las playas en las que hoy es Tabasco, y allí arrojó, por última vez, las semillas del cacao, que bajo su mano florecieron y quedaron ahí como la postrer dádiva del dios luminoso. Después entró al mar y, aprovechando un rayo de la luz de la estrella de la tarde, se volvió a su morada de luz.

El CHOCOLATE

El padre Francisco Xavier Clavijero, al escribir su Historia antigua de México a fines del siglo XVIII, dio cuenta de lo siguiente: "Con el cacao formaban bebidas, y entre ellas la que llamaban chocolatl, molían igual can- tidad de cacao y semilla de pochotl (es un árbol que da frutos parecidos a los del cacao), ponían todo junto en una vasija con una cantidad proporciona de agua y lo agitaban con un instrumento de madera llamado molinillo español, hecho esto ponían aparte la porción más oleosa que quedaba encima. En la parte restante mezclaban un puñado de pasta de maíz cocido y lo ponían al fuego hasta darla cierto punto y después de apartado le añadían la pasta oleosa y esperaban que se entibiase para tomarlo".
Durante el periodo virreinal, el consumo de chocolate sentó sus reales en todos los conventos españoles y portugueses de América. Se bebía chocolate a todas horas, en lugares sacros y profanos, y naturalmente se compraba en grandes cantidades, cosa que producía excelente dividendos a quienes lo ela- boraban. Había algunos obrajes (pequeños talleres artesanales), pero princi- palmente se confeccionaba en los conventos de la ciudad de México en forma de pastillas redondas o cuadradas, o en cilindros enrollados, teniendo así merecida famael chocolate elaborado por las monjas del convento de San Jerónimo, el de las madres capuchinas y el de Santa Clara.